Alto alto como un pino,
pesa menos que un comino.

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En el monte, grita;
en la casa, mudita.

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Adivina quién soy:
cuanto más lavo,
más sucia voy.

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Oro parece, plata no es,
quien no lo adivine bien bobo es.

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Nicanor tenía un barco
y con él surcaba el río;
¿era este un barco pequeño
o este era un gran navío?
Lee despacio, Encarnación,
y hallarás la solución.

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Dos niñas asomaditas
cada una a su ventana;
lo ven y lo cuentan todo,
sin decir una palabra.

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Una cajita chiquita,
blanca como la cal:
todos la saben abrir,
nadie la sabe cerrar.

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Si lo nombro, lo rompo.

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Te la digo y no me entiendes,
te la repito y no me comprendes.

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Todo el mundo lo lleva,
todo el mundo lo tiene,
porque a todos les dan uno
en cuanto al mundo vienen.

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¿Qué será, qué es:
mientras más grande,
menos se ve?

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Tiene ojos de gato y no es gato,
orejas de gato y no es gato;
patas de gato y no es gato;
rabo de gato y no es gato.

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Una vieja titiloca
con la boca en la barriga
y las tripas en la boca.

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Todos me pisan a mí,
pero yo no piso a nadie;
todos preguntan por mí,
yo no pregunto por nadie.

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Entre más cerca más largo,
entre más largo más cerca.

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No me hace falta sacar pasaje:
me mojan la espalda
y me voy de viaje.

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Una casita con dos ventaniscos.
Si la miras, te pones bizco.

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Vestidos de negro,
venían dos caballeros;
uno al otro le decía:
¡Yo primero! ¡Yo primero!

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Yo tengo calor y frío
y no frío sin calor
y sin ser ni mar ni río
peces en mí he visto yo.

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